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Se iba la noche, diluida en copioso desgaje del cielo. Las intermitencias de relámpagos no le daban tregua a la figura que yacía bajo el cobertor de rombos azules y negros, cuyo penetrante olor a naftalina no dejaba en paz a la atmósfera. Aquél deslucido departamento de Rivadavia había soportado los embates de algunos psicólogos, un coleccionista de fotografías antiguas y algún que otro soltero codiciado. Ahora, en sus épocas de menor fortuna, cubría los secretos y avatares de la vida de Crespo. Casi siempre sumido en la oscuridad, oculto del mundo por el sendo concreto, a Crespo la soledad lo intimidaba menos que un rábano. Su existencia encontraba un sólido sustento en el porque sí, y otro tanto se apoyaba en el yo qué sé. No que fuera fácilmente impresionable, pero sin duda se jactaba de tener los días más planos que el mundo hubiera atestiguado. Y daba lo mismo si el mundo no lo notaba.





