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El Peso del Mundo


Cualquier copia o reproducción no permitida de este cuento o un similar será castigado por las leyes sobre propiedad intelectual de la Nación Argentina, ley 11.723, art. 9. A su vez,este trabajo está protegido bajo las condiciones de Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.


Se iba la noche, diluida en copioso desgaje del cielo. Las intermitencias de relámpagos no le daban tregua a la figura que yacía bajo el cobertor de rombos azules y negros, cuyo penetrante olor a naftalina no dejaba en paz a la atmósfera. Aquél deslucido departamento de Rivadavia había soportado los embates de algunos psicólogos, un coleccionista de fotografías antiguas y algún que otro soltero codiciado. Ahora, en sus épocas de menor fortuna, cubría los secretos y avatares de la vida de Crespo. Casi siempre sumido en la oscuridad, oculto del mundo por el sendo concreto, a Crespo la soledad lo intimidaba menos que un rábano. Su existencia encontraba un sólido sustento en el porque sí, y otro tanto se apoyaba en el yo qué sé. No que fuera fácilmente impresionable, pero sin duda se jactaba de tener los días más planos que el mundo hubiera atestiguado. Y daba lo mismo si el mundo no lo notaba.

Intersticio





Este cuento tiene ya un buen tiempo. Este parece el momento justo para subirlo.
Cualquier copia o reproducción no permitida de este cuento o un similar será castigado por las leyes sobre propiedad intelectual de la Nación Argentina, ley 11.723, art. 9. A su vez,este trabajo está protegido bajo las condiciones de Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.


Finalmente, todo se reducía a esas paredes color malva, a ese dejo de madera de pino que los rodeaba y les inundaba las fosas nasales con un engaño de naturaleza enlatada. Extraño que el destino se limitara a las decisiones de Mauricio, que estaba acostumbrado a tener el vértigo adentro de su puño cuando estaba en el aire mas qué, en el suelo y ya nunca en soledad las relaciones sociales le daban un vértigo que hay que ver cómo, unos nervios feos nada parecidos a los que estaba acostumbrado a dominar. 
Pero Francesca era distinta porque ella no buscaba, no esperaba, sorbía la tacita de café como si fuera la cosa más natural del mundo y lo estuviera haciendo en su cocina o en el balcón de la calle Rivadavia, y esa inocencia pulcra le encajaba a la perfección con los ojos color avellana y el pelo revuelto después de una tormenta de viento que se les cernía encima.

Kiss me a goodbye

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La historia detrás de esta historia no es más que pura inspiración, lo cual viene a ser lo más auténtico que puedo regalarles. 
Cualquier copia o reproducción no permitida de este cuento o un similar será castigado por las leyes sobre propiedad intelectual de la Nación Argentina, ley 11.723, art. 9. A su vez,este trabajo está protegido bajo las condiciones de Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
 

Kiss me a goodbye

La computadora estaba prendida sobre el escritorio pero Amelia sabía que no tenía que detenerse ni un segundo. Una letra, la individualización de una sola palabra le valdría una bronca de cinco días mínimo, incluyendo todas las formas hirientes de sarcasmo que se me pasaran por la cabeza, una calculada acción de ignorarla, ensayada y perfeccionada a lo largo de mis cuarenta años, miradas y mates fríos. Sí, Amelia conocía lo que era estar casada con un escritor.
Yo no pensaba en las consecuencias, no pensaba en el alma herida y desgajada de Amelia. Simplemente hacía lo que se me pasaba por la cabeza en el momento en que se me ocurriera.
Por eso, en nuestra casa había desperdigadas en el ambiente escenas de tiernos besos adormilados entre los almohadones del sofá verde inglés, peleas que eran más bien mis soliloquios a gritos y los ojos de gata ofendida de Amelia, apasionadas noches de locura donde una mano se escapaba más allá del vientre de Amelia, y tardes de silencio. No cualquier silencio. Un silencio frío, como de presente-ausente, ese doble filo de la navaja que Amelia sabía, era estar casada conmigo. Un día princesa, otro día una puta. Soy Felipe. Y me casé con esta amapola primaveral que se llamaba Amelia. Que me soportaba como pocas podrían. Que me hartaba al punto de no querer verla nunca más. Que me hacía amarla como si me quitara la vida de a sorbitos, así despacio e imperceptiblemente que es la manera más sutil y despiadada de asesinar a una persona.

Revancha




Escribí este cuento para el concurso anual que realiza la Universidad Católica de Santa Fe, en el cual resultó premiado con un segundo premio. La premisa era escribir a partir de una cita de José Luis Víttori, la cuál encontrarán resaltada ya casi al final del texto. Espero que lo disfruten.

Cualquier copia o reproducción no permitida de este cuento o un similar será castigado por las leyes sobre propiedad intelectual de la Nación Argentinaley 11.723, art. 9.  A su vez,este trabajo está protegido bajo las condiciones de Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.


Revancha 

Cuando supimos lo que había pasado, nos miramos con esa frialdad de los que no lamentan más que por rigor estricto. Sí, sentíamos mucho la muerte de Margarita y del chiquito que, finalmente, no tenían la culpa de nada. Estoy segura de que más de uno tuvo aquel pensamiento que luego espantaría de un manotazo con gesto culpable, por karma o religiosidad o quién sabe qué otras cuestiones místicas o morales. Oscar se tendría que haber muerto en esa ruta. 

Es que Oscar era, sin otras palabras, un verdadero hijo de puta. Sé que no queda elegante en boca de una dama y les pido mil disculpas pero, ¿cómo voy a ser objetiva si, por quedar mejor, fallo en usar términos que son inexactos, que no podrían cubrir ni mínimamente la opinión que todos teníamos de Oscar?  

Aquellos Eternos


Escribí este cuento para el concurso anual que realiza la Universidad Católica de Santa Fe, en el cual resultó premiado con un segundo premio conjunto. La premisa era partir de una cita de Jorge Luis Borges, la cuál encontrarán resaltada ya casi al final del texto. Espero que lo disfruten.

Aquellos Eternos
“Ser inmortal es baladí; menos el hombre,
todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte;
lo divino, lo terrible, lo incomprensible
es saberse inmortal.”
El Inmortal – Jorge Luis Borges
Acaso era el día, pero todos los días se parecían en lo sustancial, llegados al punto. Variaban, a lo sumo, en el clima: detalle inútil para quien ha despertado de tantas maneras y ya apenas duerme – metafóricamente, diríamos con un ojo abierto -, deseando continuar y más profundo pero no, nunca.
El regalo del sueño no le era dado, aunque pudiera parecer más conveniente a los fines de aprovechar el tiempo; más el suyo para qué. Siempre despertar, si así puede llamarse, y el mismo techo, las mismas paredes descoloridas, las mismas cortinas, lo mismo todo y con qué objeto, si hasta el café era igual de insípido en todas sus mañanas, porque no le alcanzaba para gran cosa. Aunque mejores tiempos lo hubieran visto, sólo extrañaba de ellos ciertos gustos, cierta excelencia en la calidad del café o del chocolate, no más que eso.
Su vida ahora se limitaba a salir y ver que la ciudad seguía igual, que el trajín indicaba otro miércoles agitado de los que ya había conocido muchos. Siempre el colectivo, donde una revelación nunca le era dada, donde tantas mañanas y nada…