Escribí este cuento para el concurso anual que realiza la Universidad Católica de Santa Fe, en el cual resultó premiado con un segundo premio. La premisa era escribir a partir de una cita de José Luis Víttori, la cuál encontrarán resaltada ya casi al final del texto. Espero que lo disfruten.
Cualquier copia o reproducción no permitida de este cuento o un similar será castigado por las leyes sobre propiedad intelectual de la Nación Argentina , ley 11.723, art. 9. A su vez,este trabajo está protegido bajo las condiciones de Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
Revancha
Cuando supimos lo que había pasado, nos miramos con
esa frialdad de los que no lamentan más que por rigor estricto. Sí, sentíamos
mucho la muerte de Margarita y del chiquito que, finalmente, no tenían la culpa
de nada. Estoy segura de que más de uno tuvo aquel pensamiento que luego
espantaría de un manotazo con gesto culpable, por karma o religiosidad o quién
sabe qué otras cuestiones místicas o morales. Oscar se tendría que haber muerto
en esa ruta.
Es que Oscar era, sin otras palabras, un verdadero
hijo de puta. Sé que no queda elegante en boca de una dama y les pido mil
disculpas pero, ¿cómo voy a ser objetiva si, por
quedar mejor, fallo en usar términos que son inexactos, que no
podrían cubrir ni mínimamente la opinión que todos teníamos de Oscar?
Trabajábamos con él (o como a él le gustaba
recordarnos, para él) y, a pesar de ser sus colaboradores más cercanos,
siempre nos trató con esa pedantería típica de los superiores que esgrimen su
posición como única arma frente al mundo. Pero no era sólo eso, dificultad que,
me dirían muchos, se percibe en cualquier trabajo en el que uno difícilmente
llegará a dejar de ser “empleado de”. Era mucho más, era Oscar como persona, en
su vida que poco tendría que importarnos, excepto
porque la oficina se convertía en un programa de la tarde con demasiada
frecuencia.
Para ilustrarlo, al entierro llegó ya sin la alianza.
Todos nos fijamos en ese detalle, en parte porque no queríamos descansar la
vista en los cajones cerrados. Es increíble cómo uno se termina acostumbrando
tanto a la muerte que ya observar un ataúd de tamaño normal parece cosa de
todos los días, pero uno pequeño, como para un nene de seis años acaba por
generar un sobrecogimiento distinto, como de halo de juventud que nunca debió
separarse de esas manos que sostuvieron un camioncito hasta el final.
Había razones para no sorprenderse de que Oscar
apareciera así, tan íntegro sin la alianza, sin un signo de dolor que generó
las miradas acusadoras del resto de los familiares. A él no le importaba. Ésa
era la clave, no le importaba para nada lo que los demás pensáramos de él. Por
eso podía trabajar con nosotros. Porque sabía que lo necesitábamos, porque
sabía lo que pensábamos, y porque no le importaba.
Al día siguiente también todos volvimos al trabajo,
incluido él, igual que siempre, sin el mínimo atisbo de luto. A algunos les
pareció increíble, lo discutimos mientras tomábamos el café obligado en la
cocina. Oscar engañaba a Margarita a diestra y siniestra, y todos estábamos
conscientes de eso. Ninguno le advirtió nada en las fiestas de fin de año o en
los cócteles. Seguramente ya sabía. Tenía cara de saberlo.
¿Pero ni su propio hijo le dolía en el alma? Muchos descreían de esto y llegaban a trazar con manos inexpertas un perfil psicológico que poco tenía de exacto. Yo sabía que sí, que a Oscar no le afectaba ni su propio hijo, que estaba más allá del bien y el mal porque estas palabras le quedaban cortas.
¿Pero ni su propio hijo le dolía en el alma? Muchos descreían de esto y llegaban a trazar con manos inexpertas un perfil psicológico que poco tenía de exacto. Yo sabía que sí, que a Oscar no le afectaba ni su propio hijo, que estaba más allá del bien y el mal porque estas palabras le quedaban cortas.
Me daba como un dolor de estómago al recordar que esa
misma mañana del accidente, que había ocurrido apenas a una hora de la ciudad,
yo había visto a Margarita. Había ido hasta la casa de Oscar para que revisara
con urgencia una planilla de gastos que no podía posponerse hasta que volvieran
del sur; había estado hablando con Margarita, y hasta le había acariciado la
cabeza al nene cuando pasó corriendo con su camioncito. En ocasiones la vida se proyecta tan
efímera que los silencios obnubilan los recuerdos con un manto de cierta nostalgia, de
lugar en el que falta algo.
Todavía no recuerdo el momento exacto en el que en la empresa se instaló la idea de que el
accidente no había sido tan accidente después de todo. Tal vez tuvo que ver con
la llegada de los detectives que Oscar recibió en su oficina para el
interrogatorio. De a poco empezamos a lucubrar lo peor en la cocina, por
supuesto con la tranquilidad de saber que Oscar jamás se nos unía para el café.
Algunos esgrimían la teoría de un atentado: eran los que todavía guardaban
cierta inocencia con respecto al jefe. La mayoría tomaba partido por imaginar
que Oscar había provocado todo eso, y tampoco lo ayudaba haber salido tan ileso
de un accidente de tales magnitudes.
Al parecer la policía marchaba por los mismos caminos
que nuestros pensamientos porque a los pocos días Oscar fue detenido. Algunos
se asustaron por el destino de la empresa, otros hablaron de justicia y de que
al fin, pero yo no me mostré tan optimista. Ninguno de los más cercanos lo
hicimos y no nos equivocamos: el dinero, contactos y un buen abogado lo dejaron
libre a las cuarenta y ocho horas por falta de pruebas, como se fue volvió sin
importarle que lo miráramos como lo miramos.
No supimos qué teorías incorporó la investigación
desde entonces, pero Oscar siguió libre y volvió a las andadas, ahora solo en
esa mansión de estilo moderno que tenía disponible para lo que fuera que hacía.
Comenzó a desaparecer de a poco de la empresa, como
quien se va apagando de vida con el paso de los meses. Lo veíamos cada vez
menos y en la cocina nadie pidió razones de esa ausencia, como no se
piden razones a la lluvia que no llega o a la brisa que no sopla. Acaso sólo yo me preocupé, a pesar de todo, porque
mal que mal conocía a Oscar y el no verlo en su
oficina se me antojaba prácticamente antinatural.
Esa noche me fui decidida a llegar hasta su casa para
disuadirlo, animarlo o al menos saber qué ocurría, estaba acostumbrada a él
como se acostumbra uno a estar enfermo cuando no hay remedio, y subsiste sin
importar qué.
La imagen de Oscar que me abrió la puerta era
francamente distinta a la que yo conocía. A sus cuarenta años, los ojos de una
suave tonalidad miel estaban inyectados en sangre, su cabello oscuro siempre
pulcro era lo más parecido a un pajar donde una aguja hubiera hecho su camino
con la certeza de jamás regresar a un costurero. Su ropa consistía en un pijama
raído, incluso agujereado, cuando el jefe que yo solía ver se encontraba siempre
de punta en blanco.
En ese momento conocí a otro Oscar, uno que se
mostraba mucho más frágil y desprotegido, y también yo, entonces, quise
salvarlo de la desdicha.
No se sorprendió por mi visita, en algún punto daba
la impresión de que hasta me estaba esperando. Acechado
por quién sabe qué fantasmas, se aferraba al vaso de whisky que siguió, sin
mucho preámbulo, el destino de los anteriores cuatro.
Hablarle a él era casi como interpelar a un trapo
sucio, con respuestas poco coherentes, que le sacaba a tirones como si pudiera,
alguna vez, significar algo.
Me pidió que diéramos un paseo y yo no pude negarme,
básicamente porque aquella vulnerabilidad de Oscar me
shockeaba de tal manera que me resultaba imposible dejar de analizarla o de
llevar mis pensamientos por derroteros impensados para mí.
Nos subimos a su camioneta al tiempo que él hablaba
de cosas que yo no llegaba a procesar, ideas y pensamientos inconclusos
que abandonaba y retomaba a discreción de sus traumas, y que yo deseaba con
toda mi alma comprender aunque se me imposibilitaba seguirlo.
Me distraje con todo aquello, inmersa en la manera de
ayudarlo, de acunarlo para que ya no sufriera, que no presté atención al camino
que habíamos tomado hasta que aquel lugar me transmitió una energía pesada y
las miradas de Oscar se volvieron febriles, en los
momentos en que su discurso errático regresaba todo el tiempo a la misma
pregunta: ¿Por qué?
¿Por qué, por qué lo hiciste? Sin
comprender, yo intentaba que detuviera el auto o al menos bajara
la velocidad cuando el marcador indicaba los ciento sesenta kilómetros
por hora y subía.
Oscar seguía preguntándome por qué, si yo, si él, no
era necesario, no así, no tenían la culpa, y yo no tenía derecho. Y de repente,
por qué ellos, por qué no él, si era lo justo, si en todo caso él sí, pero
ellos no y el velocímetro rozaba ya los ciento ochenta.
Entonces hablarle con
ternura, intentar calmarlo, llevar la mano a su cabello y acariciarlo a pesar
de toda la locura de ese auto, la de él y tal vez la mía.
De improviso ver en sus ojos, que
prácticamente no miraban el camino, la claridad del entendimiento, en todo caso ya lo
sabía y alcanzaba a comprender el alcance de aquella acción sobreviniente al
silencio de los dos.
-Fue por el bebé, ¿no es así? Yo te vi esa mañana
cerca del auto y fue por el bebé, me sacaste todo por eso que nunca debió
pasar, que fue sólo una vez, que abortaste sin
consideración porque lo decidiste vos también.
No podía dejar de mirarlo pero esta vez
con ese odio que le tenía, ése que yo sabía muy bien que todos le tenían pero
yo con más razones, con muchas más razones para odiarlo como lo hacía desde dos
años atrás, luego de esa noche solitaria en la oficina con la
excusa del trabajo sin terminar en la que nuestras ansias se fundieron y yo
dejé entrar a Oscar en mi mente, mi cuerpo y mi vida, para que él dijera
ahora que no tendría que haber pasado como lo dijo entonces cuando
me dio a elegir entre el bebé y mi futuro en la empresa, mi carrera y mi
esfuerzo de toda la vida por el lugar que apenas
había conseguido y que él iba a
destruir de un solo golpe porque Oscar podía.
-No te voy a permitir que hables así de él, no te voy
a permitir que me pidas una razón de nada después de lo que me
hiciste Oscar, después de que nos destruiste. -le grité intentando abrir la
puerta que él había trabado para tirarme del auto, para tirarme a cualquier
lado porque ya sabía que iba a hacer justamente lo que había pensado hacer
desde que mirarme en la empresa le clavaba con más filo el
cuchillo y lo removía en la herida, y ni aun alejado podía olvidarse, mucho menos cuando yo
llegaba hasta su puerta, y caía en su trampa como ya lo había hecho.
El volantazo nos precipitó a ambos casi en el mismo lugar donde
los frenos le habían fallado ya no tan misteriosamente hacía nueve meses, en el
mismo barranco al vacío, hacia la oscuridad de árboles y hasta un río que
pasaba en la cercanía, cuyo murmullo podía escucharse desde lejos a medida que
el auto se hundía en la noche interrumpida por la luna que se reflejaba en el filo del trozo de vidrio que
antes había pertenecido al parabrisas y ahora era parte de Oscar, incrustado sin equivocar
la trayectoria justo
en la vena aorta del cuello de Oscar.


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