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Kiss me a goodbye

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La historia detrás de esta historia no es más que pura inspiración, lo cual viene a ser lo más auténtico que puedo regalarles. 
Cualquier copia o reproducción no permitida de este cuento o un similar será castigado por las leyes sobre propiedad intelectual de la Nación Argentina, ley 11.723, art. 9. A su vez,este trabajo está protegido bajo las condiciones de Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
 

Kiss me a goodbye

La computadora estaba prendida sobre el escritorio pero Amelia sabía que no tenía que detenerse ni un segundo. Una letra, la individualización de una sola palabra le valdría una bronca de cinco días mínimo, incluyendo todas las formas hirientes de sarcasmo que se me pasaran por la cabeza, una calculada acción de ignorarla, ensayada y perfeccionada a lo largo de mis cuarenta años, miradas y mates fríos. Sí, Amelia conocía lo que era estar casada con un escritor.
Yo no pensaba en las consecuencias, no pensaba en el alma herida y desgajada de Amelia. Simplemente hacía lo que se me pasaba por la cabeza en el momento en que se me ocurriera.
Por eso, en nuestra casa había desperdigadas en el ambiente escenas de tiernos besos adormilados entre los almohadones del sofá verde inglés, peleas que eran más bien mis soliloquios a gritos y los ojos de gata ofendida de Amelia, apasionadas noches de locura donde una mano se escapaba más allá del vientre de Amelia, y tardes de silencio. No cualquier silencio. Un silencio frío, como de presente-ausente, ese doble filo de la navaja que Amelia sabía, era estar casada conmigo. Un día princesa, otro día una puta. Soy Felipe. Y me casé con esta amapola primaveral que se llamaba Amelia. Que me soportaba como pocas podrían. Que me hartaba al punto de no querer verla nunca más. Que me hacía amarla como si me quitara la vida de a sorbitos, así despacio e imperceptiblemente que es la manera más sutil y despiadada de asesinar a una persona.


Esta no es una historia de amor, es más bien un caer, en espiral, hacia lo absurdo del contacto humano. No lo comprendo. No he evolucionado, tal vez, como todos parecen haberlo hecho. Homo sapiens sapiens. No, para nada, me voy burlando de estos años de mutaciones constantes. “Se vio obligado a bajar de los árboles y a trasladar objetos con sus miembros superiores. Así se fue convirtiendo en bípedo.” Me quedé arriba del árbol, y da igual, soy un inútil perdido en el follaje. Me dejaron acá. Mejor sería que me dejen quedarme acá.
Sin embargo ella, ¡ah! ¡Ella! Me hizo entender muchas cosas de mí mismo, me obligó a encontrarme. Así y todo, necesito culparla. ¡Yo no quería encontrarme! Sucede que descubrí que no me gusto. Eso me está consumiendo.
La conocí en la facultad, en esa carrera que me depuró rápidamente, la psicología. Estaba preciosa con su vestido largo que contrastaba azules con blancos y amarillos, que escondía decentemente sus curvas milagrosas, pero resaltaba su altura, su gracia, su pelo…
Todo en ella era una caja de Pandora, donde yo me sumergía y jugaba a resbalarme en el gozo de escucharla respirar. Porque no era sólo la belleza grotesca de sus rasgos lo que me despertaba: además era como una bocanada de oxígeno, vigorizante.

La aspiradora, en ese momento, la aspiradora. Amelia estaba pasando la aspiradora, ¿aspiradoras en la casa de un escritor? ¿Cómo podía ser posible? Es bizarro imaginar a Jorge Luis, en pleno proceso creativo, y a María limpiando con semejante aparatejo. ¡Amelia por favor! ¿Por qué no pudimos ser como mis personajes? Dudaba que alguna vez, Amelia hubiera sido para mí una bocanada de oxígeno. Y si lo había sido, ya se había ido hacía mucho. En algún momento me había perdido en mi universo ficcionado, donde las mujeres podían ser más una bocanada de oxígeno que un verdadero dolor en los huevos.

Moon and dawn
The city sleeps
Your eyes are dark
And I’m on my knees
Kiss me a goodbye
But whatever you do
Don’t say a single word
Camila, Camila hablaba en inglés. Me recitaba ese verso al oído, ese verso al olvido. Don’t say a single word. Camila se despedía como si se fuera para siempre, y yo no podía estar más loco. Bésame un adiós. La ciudad duerme. Never say a single word. No quería compromisos. No creía en dormir en la misma cama, cada noche. Aunque yo no pudiera tenerla, aunque mi habitación no pudiera guardársela, de alguna manera lo toleraba. Porque cuando se encuentra algo valioso, uno tiene que resignar lo que tiene. Pagar el precio. Y el precio de Camila era la libertad: la libertad no se transaba, no había discusiones con respecto a aquél atributo. Era terrorífico y fascinante a la vez. Era yo, dejándome seducir por una princesa nocturna de hábitos felinos y nueve vidas, una en cada puerto.
Por lo menos eso me dijeron. Camila es del pueblo. No hay problema, se quedó en los locos sesenta que nunca vio porque en ese momento no podía tener más de veintitrés. Camila me hacés falta. Camila tengo tu pañuelo blanco en algún rincón de mi cama.

El pañuelo blanco, este tipo iba a tener un pañuelo blanco entre las sábanas… Felipe, Felipe, Felipe, yo me repetía mi nombre tantas veces porque no parecía mío. A veces, cuando tenía ganas de devanarme los sesos, me ponía a imaginar que no me llamaba Felipe. Que me llamaba Patricio. O Manuel. O Godofredo, ¡cualquier nombre! Y era tan tonto pensar que, si en algún momento me llegaba a decir el nombre que verdaderamente me perteneciera, se me iba a iluminar el rostro en el espejo y lo reconocería, lo haría mío. Ese yo tenía que estar en algún lado. Ese, Manuel, Matías, Godofredo, estaba girando en el gran universo de las alucinaciones suplicando llegar a mi cuerpo y ocupar su lugar. De más está decir que nunca resultó, que nunca me encontré y, en algún punto, eso me ponía contento. Tenía la leve sensación de que el día que me encontrara se iban a terminar las palabras y las historias, y ya no tendría ningún propósito. Esa falta de objetivos me asustaba tanto que un buen día deseché la idea de buscarme, abracé al incorrecto Felipe y acá estamos.
Amelia no entendía nada de eso, y sin embargo, después de lo del pañuelo blanco entre las sábanas me sentí tan fracasado y tan perverso que corrí a sus brazos y me refugié en el hueco de su cuello. Era un lugar tan oscuro y suave, no sé, Amelia tenía esas cosas. Esos cinco minutos de fascinación. Representaba el lugar seguro donde volcar todas mis penas y frustraciones, todos mis odios, mis miedos, los años de mi vida; y como en ese momento, toda la pena y el asco que me daba por sentir de mi mismo.
Los truenos empezaban a sentirse afuera, era de noche, se estaba tan tibio a su lado. Me acurruqué contra su cuerpo, aunque me daba repulsión que su camisón blanco me recordara tanto al pañuelo. Necesitaba escuchar su corazón, la calidez de su sangre bombeando a cada milímetro de ese cuerpo que tanto supe adorar. Llovía y Amelia seguía cobijándome, era tan maternal cuando se lo proponía… hubiéramos tenido hijos si yo no creyera que hacer una mezcla miniatura de dos seres fuera dejar un pedazo de individualidad por el sufrimiento de otro infeliz en la tierra. No era necesario. A ver si, para colmo, me salía con los mismos traumas que el padre.
Mis labios encontraron los de Amelia y mis manos el límite del pañuelo blanco camisón de dormir que tanto aborrecía, que removí rápido para poder acariciarla en toda su extensión, cada oscuro recoveco y cada vello. Necesitaba saborearla, arrancarle profundos gritos de placer de los que yo fuera responsable. Tenía que enterarme, de una vez por todas, que Amelia también veía algo bueno en mí, que podía hacerla reír y gemir y retozar y satisfacerla en cada uno de sus caprichos porque me estaba sintiendo un hombre, una bestia desaforada que reclamaba a su mujer, que se adueñaba de ella y la volvía el objeto de sus delirios.

Ese día volví a casa, sintiéndome tan inútil. Era catorce de Febrero, la existencia algo llamado Día de los Enamorados. Yo sentía que ese era el día en que tal vez, por fin, Camila se diera cuenta de lo que estaba pasando con nosotros. La noche anterior habíamos estado juntos, y teniéndola desnuda en mi cama, le había dicho un te amo miedoso, susurrado. Ella se había sonreído, me había golpeado una mejilla con delicadeza, y me había soltado un “No, todavía no tenés ni la más mínima idea de lo que es el amor, my darling”.
Después de eso todo había sido silencio y pensar, frenéticamente, qué me habría querido decir. Así que fui a una famosa joyería, y le compré un anillo, en el que gasté la plata de un auto que ya casi llegaba a comprarme.
Tenía algunos amigos en el alumnado de la facultad, conseguirme la dirección de Camila para ellos era un trámite. Quería demostrarle que el amor era eso, lo que yo sentía, y que si se dejaba amar por un rato, terminaría descubriendo que era una buena opción. Repito, nuevamente, que esta no es una historia de amor. Tienen que recordar eso porque no estoy abierto a sentimentalismos de parte de nadie. Una sola vez me enamoré. Ese amor fue el mío, por Camila, y el resto es anécdota.

Ese amor era el mío, ¿amor de qué? ¿Amor de Amelia, o amor de la sana costumbre que me tenía en un matrimonio de doce años con una mujer exquisita que a mí me producía tantos sentimientos encontrados? Ese amor era por Amelia, ¿era por Amelia? No lo sé, porque jamás me consideré una víctima de esa epidemia posesiva. Jamás le había dicho mi amor. Si Amelia no era mía. Ni yo de ella. Si yo había sido de Amelia como de Victoria o de Lucía, y si ninguna se había enterado de la existencia de la otra. Más que nada, yo era mío y de mi arte. El resto, un entusiasmo pasajero, la confluencia de personas. Tengo derecho a disfrutarlas a todas. Para eso estamos sobre este bendito y vapuleado planeta.
Nunca le había dicho que la había engañado, aunque sabía. Lo sabía porque yo no era el mismo cuando volvía a nuestra casa, porque tenía unas cinco horas de tiempo con Lucía o con Victoria encima y las cosas de las que habíamos hablado se colaban en mis conversaciones con Amelia. Me miraba así, pestañas condescendientes y boca en línea recta, y se daba cuenta. No sé por qué nunca me tiró con valija, gato y todo a la calle. No sé, pero de alguna manera, Amelia era la mancha de humedad en la pared que ve las generaciones pasar y quedaba, quedaba, aguantaba mis peores crisis y se quedaba.
Esa noche, sin embargo, había algo distinto. Algo de Amelia había cambiado, yo también me daba cuenta de esas cosas. Nos habíamos dejado caer en la almohada, respirando con agitación. Un bochorno en el ambiente, olor a sexo y Amelia colmada, respirando en paz. – Me vas a dejar. – le dije, y ella se quedó quieta, callada. Sacó su disfraz de superioridad del placard y ahí estaba, esa castaña debilidad mía, vestida de mujer bien, de mujer que se había despertado a mi mediocridad y se iba con otro tipo. Le surqué la cara de una cachetada, y después de otra. Amelia lo soportaba callada, los ojos cerrados, una media sonrisa. Canalla. Cobarde. Hijo de puta. A una mujer le estás pegando, a TU mujer. Mi cabeza, siempre condenándome, la maldita cabeza. Amelia linda. Amelia de mi alma. Y se reía de mí, puta, princesa, me dejaba y se reía y yo no tenía paz.

Su casa era tal cual como me la imaginaba. Enorme, un caserón de aquellos. Rodeado de césped, la imaginaba acostada tomando sol en las tardes de Enero. Con ventanas y rejas verdes. Las cortinas estaban cerradas, me trepé por el enrrejado, salté y toqué el timbre. Nadie. Si no estaba, le iba a dar una sorpresa. Camila, Camila, Camila. Te ibas a sorprender tanto cuando llegaras y vieras lo que te había comprado, te lo probaras y supieras que tenías que pertenecerle a alguien, potranca desbocada. Tenías que pertenecerme a mí.
Probar las ventanas, una por una, fue un trámite porque le conocía hasta los despistes. Si le conocía cada sonido, cada mirada, ¿cómo no iba a saber que se iba a dejar una ventana abierta? Entré en su mundo, en su terreno, sus cosas, su piano, su biblioteca. Había estado estudiando, los libros abiertos, incluso algunos fibrones destapados. Imaginaba una interrupción, tal vez un plan que le hubieran recordado que olvidó. Empecé a trasladarme en la oscuridad de su casa, ¿por qué vivirías sola en semejante lugar Camila? Era perfecto. Perfecto para los hijos que podíamos tener, el perro grande que dormiría a sus pies mientras estudiaba. No me conformaba sólo con estar en su ambiente. Necesitaba ver a la confesora de sus secretos, el manantial donde se vertían sus lágrimas. Necesitaba estar en tu almohada, Camila. Escuché ruidos en su cuarto y me asusté mucho, ¿estarías ahí, Camila?
Había muchas fotos en su pared, y una en particular, me llamó la atención. Estaba radiante, como nunca la había visto lo cual era complicadísimo, porque siempre en mis ojos fue la Venus perfecta. Pero el blanco te sentaba tan bien, Camila, y el satén contrastaba con un bronceado muy logrado de tu piel. Se veía suave, tranquila. No como el mar rabioso que yo conocía de ella. Con él parecía de seda. Con él que sonreía y mostraba un anillo igual al de Camila. Igual a muchos que yo hubiera visto antes, y nada parecido al que yo llevaba en el bolsillo para pedirle matrimonio. Qué frustrado se veía mi intento en ese momento en que me di cuenta de que estaba casada y de que también estaba haciendo el amor con su marido en su almohada, la que yo anhelaba y no pude tener.
Su cara de felicidad, su cuerpo poseído. No Camila Libertad, no podía poseerte, no podías ser suya porque antes tenías que ser mía. Tenía una hermosa colección de cubiertos en la cocina, elegí uno grande. Se veía afilado. No lo vió venir, sólo una expresión de sorpresa inmortalizada en sus rasgos ahora inertes. El marido sí que era poco agraciado, y le quedó peor que a ella la muerte. Ella era como un ángel, aunque me hubiera mentido y manipulado. Eras un cadáver hermoso Camila. Hubiera dado todo lo que tengo por asistir a tu funeral, aunque sólo fuera por veinte minutos. Me queda tu pañuelo blanco entre las sábanas. Tiene un poco de tu sangre Camila, espero que no lo sientas como una invasión o un hurto. De verdad, tenía las mejores intenciones. Kiss me a goodbye. Goodbye sweetheart, your eyes are dark now, but you can finally rest in peace.

Cuando terminé con Amelia no era más que un rectángulo de tierra sobre un sellado de concreto. Ahora agradecía que mi carácter huraño y naturalmente reconroso contra la raza humana me hubiera llevado a comprar una casa tan alejada de la ciudad. Amelia me dio el final para la historia, Camila y Amelia. Tenían que terminar así, tenían que irse lejos porque tanta perfección, y así mismo, tanto dolor, tienen que converger necesariamente en eternidad y ausencia. Ya no te tenía Amelia, ya no más aspiradora pero pude terminar mi historia en paz.
Tiempo después publiqué un libro, y llamé a esa historia El Plan. Nadie podía deducir el por qué del nombre, nadie tenía por qué hacerlo tampoco. El Plan era mi confesión. Y la manera de purgar todos mis pecados. Era la tumba de Amelia, la sepultura correcta. Después de eso fue París, fue España y me quedé en Londres, así nada más. Vendí la casa, Amelia sólo me tenía a mí pero no me tenía y sabemos por qué. Nadie la extrañó, nadie más que yo, y eso me gustaba. Señora Amelia, mujer de Felipe, fallecida sin epitafio, cadáver sin sepultura, je t’aime, Amelia, clamor de mi sangre, fantasma de mis historias.

Me queda tu camisón, el que yo detestaba. Está manchado con un poco de tu sangre. Espero que no lo sientas como una invasión o un hurto. Es que así te siento, apenas, más mía, Amelia. Aunque en el fondo, fueras un poco también, Camila Libertad.

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