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Intersticio





Este cuento tiene ya un buen tiempo. Este parece el momento justo para subirlo.
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Finalmente, todo se reducía a esas paredes color malva, a ese dejo de madera de pino que los rodeaba y les inundaba las fosas nasales con un engaño de naturaleza enlatada. Extraño que el destino se limitara a las decisiones de Mauricio, que estaba acostumbrado a tener el vértigo adentro de su puño cuando estaba en el aire mas qué, en el suelo y ya nunca en soledad las relaciones sociales le daban un vértigo que hay que ver cómo, unos nervios feos nada parecidos a los que estaba acostumbrado a dominar. 
Pero Francesca era distinta porque ella no buscaba, no esperaba, sorbía la tacita de café como si fuera la cosa más natural del mundo y lo estuviera haciendo en su cocina o en el balcón de la calle Rivadavia, y esa inocencia pulcra le encajaba a la perfección con los ojos color avellana y el pelo revuelto después de una tormenta de viento que se les cernía encima.

Pero Mauricio ya sabía que era cuestión de un trago, envalentonado y con las mejillas ligeramente sonrosadas que lo hacían parecer menor de lo que era; cuestión de pedir el siempre fiel Whisky on the Rocks, con más whisky que Rocks por favor, y acercarse con su hola qué tal, el acento casi neutro después de tantas vueltas a la manzana del globo terráqueo. La casi perturbadora mirada de indiferencia que lanzó Francesca ante la infalible pregunta de le puedo acompañar, uno nunca debe estar solo en un café; esa cosa de no me disgusta ni me entusiasma, considere hacer lo que prefiera, y el reproche interno, qué diablos le pasará a esta chica que no sabe ver un cortejo tan evidente, eficaz, otra vez el Mauricio fanfarrón que le nacía ante un posible rechazo. Siempre ella, nunca yo, elemental mi querido Watson.  
La insistencia se le daba bien, mejor después de un whisky y medio por supuesto, y la chica que se quedaba en su café rechazando cualquier otra cosa que Mauricio le ofreciera, fácilmente hubiera podido retirarse si finalmente esa indiferencia no le irritara tanto, cabeza dura y Francesca que no estaba para bromas, últimamente no estaba para nada, ni siquiera para cualquier zopenco medio atractivo que se acercara a intentar con ella algún tiro de una noche, aunque para tiro de una noche él no estaba nada mal, había que reconocerlo. 
Vulgares presentaciones que eran siempre las mismas, que Mauricio se conocía de memoria el discursito y Francesca también sabía que todos decían lo mismo aunque prácticamente no le importaba, que dijeran lo que quisieran al principio y si después no le encontraba interés alguno de un plumerazo mandaba al galán a su casa y ya a otra cosa o a la misma cosa de todas las noches, darle de comer al gato, acostarse a mirar una película y a dormir sola sin más éxito, pero la simpleza rutinaria tenía su encanto por falta de esfuerzos o de despertares incómodos, me tengo que ir a trabajar así que vas a tener que irte, sí, acá tenés mi número, llamame alguna vez aunque bien sabía ella que si llamaba no lo iba a atender porque era lo mejor, para qué diablos complicarse la existencia si así se estaba bien. 
Aunque en Mauricio había algo raro y totalmente rara era Francesca, dos partes de algo que funcionaba sin ser útil, que nunca mejoraría nada pero que estaba marchando, como una veleta que nadie llega a ver. Francesca encontró interesante que Mauricio fuera piloto de avión y paracaidista por hobbie, y Mauricio sintió curiosidad por el nombre italiano en una chica que parecía tan argentina como el tango aunque quién sabe, tal vez también Francesca fuera for export. Y por supuesto, madre argentina padre italiano, esa mecánica que Mauricio no entendería sobre los amores a distancia  y dejar la patria por un amor, eso nunca aunque por aire y viento sí, dejar la patria por libertad era otra cosa y libertad no era una mujer para él. 
Sinceramente Mauricio se confesó un tanto torpe pero perfeccionista, en todos los sentidos, volaba por el sueldo y saltaba para lograr el vuelo perfecto, aunque esa mochila que salvaba la vida le resultaba siempre tan aparatosa e inoportuna, arruinaba la aerodinámica, la belleza de un vuelo que sería el de un pájaro al menos por cinco o diez minutos hasta que el suelo… Sí, barrera inevitable la del suelo y si no fuera por eso flotaríamos pero bueno… Y Francesca recordando, vuelo perfecto: Juan Salvador Gaviota. Y Mauricio sonriendo, sí, me gusta mucho ese libro. 
Dos horas para lograr una comunión, la máquina funcionando sin servir, ninguno quería terminar por meterse en el lío pero en fin. Mauricio viajando dentro de diez días y después tres meses en Europa, y Francesca comprometida con una empresa, contrato fijo, de todas maneras no estoy para nada raro, no tengo novio ni lo quiero; y Mauricio riéndose como en complicidad, hoy en día nada de eso hace falta, la verdad. Habiendo tantas opciones, tantas maneras de lograr que tuviera éxito algo sin título y sin tener que involucrarse, ¿por qué dejar pasar la oportunidad? Sería una pena, che. La verdad. 
Irse juntos, esa noche no gato, no película, Mauricio. Puro Mauricio por una noche y al otro día sí, te doy mi teléfono, a vos sí, pero porque me caes bien. Pueden ser más de una noche, tranquilamente. Pueden ser varias más.
Esos asuntos destinados al fracaso desde el principio y quién pudiera entenderlo, si bien nunca llegarán a nada, considerar que será un rato de compañía, un algo para no sentirse tan solo y tan miserable en las noches frías del departamento de Rivadavia o bueno, con la secretísima esperanza de que tal vez… por una vez… La magia de la excepción que tanto desilusiona, y eso sólo desde la perspectiva de Francesca. Porque Mauricio, tan diferente, tan sinvergüenza dañado por la vida etérea, los vuelos de pájaros de metal gigantes que se estrellaban cada tanto en el Triángulo de las Bermudas y sus propios vuelos, aparatosos. Si no fuera por la mochila, la pesada mochila… Mauricio sin nada que perder y Francesca queriendo ganarlo todo sin arriesgar, siempre tan obstinada en lo seguro, pero con Mauricio no, era toda barreras bajas y que pase lo que tenga que pasar, nadie se muere en diez días de exposición, así se convencía mientras escuchaba las historias de aviones de Mauricio, algunas graciosas otras dramáticas y la más de las veces trágicas pero él parecía divertirse hasta con estas últimas y Francesca cerraba los ojos fuerte, escondiendo la cara en el hueco del cuello de Mauricio. Imagen tan tierna que hasta podía imaginarse que llegaría a buen término, que él la invitaría a volar y pasearían juntos por Europa, sin embargo Mauricio firme en la soledad, terminaba siendo el más cobarde de todos porque esa era su tierra firme, la cuna segura que lo contenía y de la que no era capaz de salir, al menos no por sí mismo, aterrado cuando Francesca sugirió que no tenía por qué terminarse, que a su regreso podían…
Un Mauricio con panic attack, pero no, con qué necesidad, si así estamos bien, dejémoslo acá que fue bueno mientras duró y yo no soy de esos, nunca, es imposible, qué pena, para qué lo sugeriste con lo bien que veníamos. Y Francesca esbozando una sonrisa nerviosa, boceto de Francesca cargando la vergüenza en las mejillas, no, no, está bien. Fue una idea muy estúpida
Aunque seguían igual, diez días de lo mismo, pero ya un Mauricio raro dentro de lo raro, más extraño que nunca y Francesca recatada, no entregándose a sí misma por completo. Acaso para no fallar de nuevo, inmenso error de noches enteras y tan poco tiempo en el que había echado a perder un esfuerzo de años, de toda una vida huyéndole al amor que nunca puede esperarse que dure y justo con el peor, con el más predecible venir a caer así, como una chorlita, de una manera tan adolescente, tan lejos de Francesca y sin embargo tan puramente cerca de la pasión tana que le corría por las venas. Era difícil, en tres días Mauricio partía y era un hombre atribulado, manejado por las pasiones de los impredecibles sentimientos, siendo menos él pero incluso más él que nunca, si sólo pudiera, si Francesca entendiera… Pájaros en jaulas nunca, Mauricio en jaula jamás pero ella, tan perfecta en su inmensa inocencia y si pudiera siquiera intentarlo, ser lo que Francesca quería, lo hubiera hecho sin dudarlo pero tanto miedo, tantos prejuicios, tanto amor y tanta tiniebla en medio del café Malva con olor a madera de pino…
El último día, Francesca habiéndose llorado el agua de un océano por la noche, estaba segura de mostrarse entera a la hora de las despedidas, cuando el crepúsculo ya cerraba en la oscura noche que esta vez parecía más negra que antes, y ella con tanto vacío esperándolo en el café Malva, sorbiendo la tacita, sorbiéndose las lágrimas para otro rato, con el gato ya y las películas y pudiendo maldecir en paz a Mauricio, a tan implacable zopenco medio atractivo que la dejaba tan enamorada y se iba sin darle un teléfono siquiera, una promesa de volver a llamar. 
Y no le extrañaba que después de dos horas no apareciera, ya resignada supuso que sería más fácil así, sin despedida, inconcluso episodio de diez días que jamás cerraría instalando la sospecha de si existió o no, validando a Francesca a intentar olvidar a un Mauricio que terminó por sorprenderla cuando al otro día por las noticias supo que un piloto, posiblemente deprimido, se había lanzado al vacío sin paracaídas. Sonrió, vuelo perfecto, claro Mauricio, vuelo perfecto sin paracaídas y amor perfecto sin amortiguadores, así derecho contra el suelo, contra la vereda de Rivadavia cual Romeo y Julieta aunque esta vez no suelo, Mauricio, no barreras y como Juan Salvador Gaviota, nada de frenos si de perfección se trata.

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