Pages

El Peso del Mundo


Cualquier copia o reproducción no permitida de este cuento o un similar será castigado por las leyes sobre propiedad intelectual de la Nación Argentina, ley 11.723, art. 9. A su vez,este trabajo está protegido bajo las condiciones de Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.


Se iba la noche, diluida en copioso desgaje del cielo. Las intermitencias de relámpagos no le daban tregua a la figura que yacía bajo el cobertor de rombos azules y negros, cuyo penetrante olor a naftalina no dejaba en paz a la atmósfera. Aquél deslucido departamento de Rivadavia había soportado los embates de algunos psicólogos, un coleccionista de fotografías antiguas y algún que otro soltero codiciado. Ahora, en sus épocas de menor fortuna, cubría los secretos y avatares de la vida de Crespo. Casi siempre sumido en la oscuridad, oculto del mundo por el sendo concreto, a Crespo la soledad lo intimidaba menos que un rábano. Su existencia encontraba un sólido sustento en el porque sí, y otro tanto se apoyaba en el yo qué sé. No que fuera fácilmente impresionable, pero sin duda se jactaba de tener los días más planos que el mundo hubiera atestiguado. Y daba lo mismo si el mundo no lo notaba.



Para su desgracia el mundo sí lo notaba en ocasiones. Con su metro ochenta, sus ojos claros y su pelo bohemio no pasaba desapercibido para las mujeres. Con su cigarrillo permanentemente prendido entre los labios, no pasaba desapercibido para su médico, a quien le representaba un proyecto de cáncer y una renta vitalicia. Y definitivamente no pasaba desapercibido para una madre absorbente, viuda hacía doce años, propietaria de un único hijo, adicta a los reclamos lastimeros de una hora por teléfono.

Crespo detestaba la atención. Nadie podía culparlo, pero tampoco justificarlo. ¿Por qué importaría? Crespo no era producto de un adiós, ni de un olvido, ni de un cambio de luces o de aire. Sin dudas él opinaría que no es necesario contar su historia, pero en verdad no se le presta atención a los requerimientos de gente como él. Al menos yo no lo hago.

Y esa noche lo dejaba enredado entre cobijas, con el gusto de un sueño que no fue, que intentó ser y se quedó en una mera generación de imágenes sin sentido. Para cuando despertó, cubierto de sudor y con la respiración pesada, ya se había ido.

Crespo veía las cosas de una manera distinta, lo cual no lo hacía ni normal ni desubicado. Sólo un poco diferente, nada de lo que se le pueda echar la culpa.

En la mañana, Crespo comenzaba su rutina a las siete. Cumplía el rito de poner la pava y preparar la medida exacta de yerba en el mate. Las tostadas jamás se quemaban, pues tenía una sincronía escrupulosa para cada tarea. No bastaba con hacer las cosas bien. Debían estar perfectas, y en el tiempo exacto. Afeitarse solía ser más complicado, tenía una fascinación extraña por la sangre que brotaba de su cuello y su barbilla. Era necesario, a sabiendas, que eso ocurriera y era la única tarea que Crespo no lograba consignar con éxito.

En cuanto la pava lo llamaba, sabía que era el momento de recibir la descarga eléctrica que sólo el calor de un amargo a solas puede generar. Su cuerpo la recibía con gusto, desde el nacimiento de su cabello hasta la última célula de sus dedos. La sangre entera se movilizaba, en un grito sincrónico que clamaba y tomaba posesión de sus arterias.

Se sentía vivo de verdad. Sólo en ese instante.

La cazadora de cuero era su segunda piel, por supuesto no se la sacaba mientras el sol lo golpeaba en los ojos profundamente verdes. Los lentes oscuros protegían las ventanas de su alma de cualquier mirada indiscreta, aunque al vuelo se asomaba en la de los demás, una experiencia siempre traumática. Marchaba por la calle a paso casi rítmico, cruzando a mitad de cuadra para sentirse un temerario, esquivando autos con sus auriculares en un volumen demencial, siendo libre y cazando el amanecer en la ciudad de los vientos. Las manos en los bolsillos, el cigarrillo en la boca, las miradas indiscretas a piernas femeninas sin identificación que jamás se cerrarían en torno a su cuerpo. De todas maneras, era un panorama digno de imaginar. 

Su trabajo en las finanzas del Colegio de Abogados le valía estar a cargo de tareas que:

1) No toleraba.
2) No le interesaban.
3) Pagaban las cuentas.

Era monótono, implicaba la solución de diversos problemas, incluso de aquellos que él no había generado y que se escapaban de su ámbito de competencia. Era lo necesario. Algo que llamaban deber. Siempre le pareció gracioso, tomando distancia, la vida era un gran cúmulo de experiencias. Limitada, como todo lo que nos es dado, escasa, para lograr cualquier cosa que signifique cierta relevancia para la historia, que también es escasa si se dimensiona la cantidad de tiempo que queda por correr. Y aún así, todos estamos signados por el retribuir, el dar, el hacer o el comportarse. Deber, como si alguien nos hubiera dado algo por lo cual habremos de pagar desde el primer día hasta el último. 

Al parecer Crespo era bueno en la resolución de cuestiones, incluso de índole diverso, y esa aplicación se diversificaba desde cuentas y compensaciones hasta las posibles razones por las que el marido había dejado a la morocha de jubilaciones. Y a él todo esto no podía importarle menos, porque cuando salía de esa bendita oficina Crespo volvía a sus auriculares demenciales que tocaban un rock que hablaba sobre sacrificios de sangre, y las finanzas ocupaban un lugar irrisorio en sus preocupaciones. 

Si tengo que contar esta historia es porque a mí me la han contado así, tal cual la reproduzco, en parte, y en parte la he vivido. De nuevo ese concepto kármico de deber. Deben saberla todos, aún cuando Crespo la habría omitido. 

Me tocó ser una testigo casual. Casi deslizada en la trama a la fuerza. Hubiera preferido no asistir a aquellos episodios que habrían de cambiarme para siempre. 

Lo conocí cuando todo en su vida era vagar por el suburbio del espectáculo under. Me gustaba llamarme actriz, me gustaba disfrazarme de bailarina clásica y él, de alguna manera, entendió desde tan lejos, pues su butaca era la seiscientos ocho. 

Fue el único que se abrió paso hasta mi camerino, y el después es algo que una dama no osaría pronunciar. Crespo como amante era tan efectivo como desconsiderado y eso le daba un halo distinto, atrayente. Siempre termina una con aquél al que menos le interesa: tal vez porque en eso subyace una sinceridad nefasta pero absoluta. Y con los años, una aprende a valorarla. 

Con el tiempo me volví algo así como su confesora, no que tuviera mucho para expiar. Si había que hablar con alguien, o era conmigo o no era con nadie. Yo respetaba eso y él respetaba mi vida, cualidad enormemente apreciada con la edad y las independencias que una se va garantizando. 

Por eso fui la única que supo lo que a Crespo le tocó en suerte, para pasar mientras le durara la fortaleza. ¿Y quién más se lo creería? No pretendo que siquiera, conociendo los juegos místicos del universo, misterio innato, más antiguo y aún más eterno que la consciencia humana, alguien lo crea ahora. Pero yo debo advertirlo. En caso de que en el juego le toque entrar a otro desgraciado. 

Al salir del trabajo, Crespo dilataba un poco la vuelta a casa. No porque le molestara: como dije antes, Crespo y la soledad, lejos de intimidarse, se llevaban de maravillas. De alguna manera, siempre estaba solo, aún en compañía, aún en la mía. No se negaba el placer de cruzarse al café Tokyo - cortinas cerradas, ventanas bajas, oscuridad suprema, casa de tertulias y trampas entre el ambiente perfumado de humo y cafeína - a tomarse un café irlandés, más efectivo que el té Long Island que a veces encontraba en los bares modernos. Ahí adentro se bajaba un atado, discutía de política con el cantinero, jugaba al truco con un libanés que siempre estaba apostado en la esquina más alejada. Un rito sin culpas, un momento de distensión  de su vida y obra en su departamento, pero más de lo mismo, si vamos al caso. 

Ese miércoles, el primer frío del año lo sorprendió en la ciudad. Esto, lejos de disgustarlo, lo animó. Apuró una calle desierta hacia la tienda de discos con el firme propósito de encontrar algo que, quizás, pudiera valer la pena. Pero en esa calle desierta, alguien esperaba. 

Un hombre más alto que él, espalda ancha, barba recortada, ojos oscuros como la noche que lo ocultaba. Le pidió la hora y Crespo, que siempre desconfiaba, le dijo que no tenía. 

- Entonces un cigarrillo. - pidió el extraño, cruzado de brazos contra el portal de una casa abandonada. Crespo negó nuevamente, no quería que un desconocido lo detuviera, aún cuando no tenía demasiado que pudiera ser robado. 

- Sería más convincente si la cajetilla no sobresaliera de su bolsillo, señor Crespo. - el extraño esbozó media sonrisa, a Crespo esa sonrisa le generó un escalofrío que sacudió sin piedad su espina dorsal. 
Sacó la cajetilla y le ofreció el cigarrillo al extraño. Este inclinó su cabeza a modo de agradecimiento. Le tendió el encendedor, con gesto nervioso. El extraño lo tomó, pero nunca abrió el fuego. - Tiene usted una vida muy tranquila. -
- ¿Cómo sabe mi nombre? - Comenzaba a temer que aquél tipo fuera alguien peligroso. Tal vez un detective contratado por su ex mujer, en miras de sacar algo para el divorcio, quién sabe. Un secuestrador. ¿Quién podía pagar un rescate por él? Su mente elucubraba alternativas tan fantásticas como improbables pero igualmente, cada una competía con la anterior por el puesto de cuál era más peligrosa. Lo cierto es que esto era lo más extraño que a Crespo le hubiera pasado desde que tenía memoria. 
- Es uno más, su nombre. Su apellido en verdad. Ni es usted el último Crespo ni el más importante. - el tipo se encogió de hombros. Crespo pensaba seriamente en abandonar su encendedor. - ¿Me equivoco con mi aseveración? ¿Acaso hay algo que determine que usted está vivo, más que el evidente hecho de que está respirando? - 
- Mi vida le incumbe poco menos que la suya a mí, además yo no lo conozco. Llevo prisa, sea tan amable de devolverme el encendedor. - Crespo comenzaba a enfurecerse. Tendió la mano, la palma abierta hacia arriba. - Y si lo mandó Adriana, por favor, dígale que se quedó con la casa, que ya tuvo suficiente. - Esbozó una mueca de desagrado y se irguió un poco más, en el instinto natural de lucir más amenazante para amedrentar a su enemigo. 
El extraño no borró su sonrisa, pero se colocó el cigarrillo en la boca y lo encendió con parsimonia. - La vida tiene un costo, señor Crespo, y si usted no la aprovecha, ella lo aprovechará a usted. - Depositó el encendedor en la impaciente mano que descansaba en gesto exigente frente a él, y se quedó observando la espalda que se alejaba por la calle a toda prisa. Cuando Crespo se giró, con el claro temor de que ese loco lo estuviera siguiendo, el extraño había desaparecido.

Transcurrió media hora entre el final de mi último ensayo antes del gran estreno, hasta que recibí la llamada. Crespo estaba destrozado, volvía del médico y necesitaba, con urgencia, que yo estuviera ahí. Habían pasado dos días desde su encuentro en aquella calle desierta, y mi llegada a su departamento. Estuvo esos dos días en el hospital, realizándose toda clase de estudios por un problema que al parecer, no tenía causas médicas que alguien pudiera diagnosticarle. 

Era un dolor en el centro del pecho: algo que ardía, que devoraba todo vestigio de esperanza a su paso. Era un dolor nostálgico: como si recogiera toda la angustia del mundo en su cuerpo, y que lo hacía gritar. Gritaba como nunca, se golpeaba contra las paredes de su departamento, giraba, el horror expresado en sus ojos enrojecidos, esa furia febril. Inútilmente intenté contener entre mis brazos esa marea de emociones. Humanidad contenida, toda junta, desatándose a latigazos de histeria. Necesitaba apaciguar aquello que no podía soportar: no había manera de liberarlo de aquél tormento. 

No había explicaciones, excepto aquellas psiquiátricas de las que Crespo no quería ni escuchar. Intentaba en vano traerle paz, o pastillas, o lo que encontrara. Las pastillas lo tenían durmiendo por unas horas, pero luego todo ese peso regresaba. Era mucho más de lo que yo podía soportar. Comenzó mi búsqueda. 
Me sumergí en un mundo de enfermedades y libros de psicología, fármacos, sustancias, lo que encontrara. Cuando se me agotaron las esperanzas, empecé a analizar que eso podía ser algo más. Había alguna relación entre ese encuentro y la enfermedad de Crespo. Tenía que haberla. 

En algún momento insospechado de mi búsqueda, di con un libro. Casi se deshacía en mis manos. Enterrado al fondo de una antigua biblioteca, no lo sé, tendría más años de los que yo podía contar, seguramente. Narraba una historia. La historia del hombre que soportaba todo el peso del mundo.

Por supuesto, al principio, creí que se trataba de mera literatura. Por obligación más que por deseo, repasé las primeras páginas en un análisis somero. Entonces comencé a encontrar similitudes, con diferencia de tiempos y espacios, pero en definitiva, una esencia similar. Un estilo de vida plana, el reclamo de un desconocido, la locura. Con un marcado hincapié en esta. Terminé el libro con la certeza de que Crespo no había sido el primero, y tampoco sería el último.

Trazando un plano básico, el universo estaba compuesto por conceptos que se empujaban entre sí, que constituían los dos extremos y en teoría, la existencia humana se encontraba en el centro. En ocasiones la balanza se inclinaba hacia un extremo, en ocasiones hacia el otro, pero un equilibrio esencial subsistía. Consistía en el pilar en que se fundaba todo el campo de lo que, aparentemente, hay, lo que no es poco decir partiendo desde el punto en que puede no haber nada o haberlo todo. Este equilibrio parecía la regla física por excelencia, entonces el universo estaba en paz hasta que ya no lo estuviera. Si esa regla se rompía, todo desaparecería y nosotros arrastrados con el todo. 

Pero el ying y el yang no eran tales. O al menos no simultáneamente. Para que el universo pudiera dar lugar a todo lo que era bueno, debía erradicar la mitad de todo aquello que fuera miserable. Para la existencia de las buenas energías, algunas de las malas debían extinguirse. Claro que nada desaparece. Para que se pueda hallar perdón alguien debe pagar, para que se alce la bondad alguien debe encarnar el mal. Y Crespo, como tantas otras víctimas antes y después que él, y también al mismo tiempo, debían canalizarlo todo en su cuerpo. Por cada uno de ellos que moría, y desaparecía del universo como cuerpo físico, otro debía cargar con las consecuencias. El número no podía jamás reducirse. Por eso cada uno de nosotros es una pequeña pieza de todo el engranaje, pero esta máquina milenaria que nos mantiene funcionando, nos ha precedido y nos sobrevivirá. 

¿Cómo lidiar con semejante carga? ¿Cómo podía un solo hombre purgar los pecados del mundo? 
Pocos de nosotros sabemos realmente cuál es el sistema, cómo se mantiene. El mundo tiene felicidad. Y Crespo lo pagaba, por quién sabe qué artilugio del destino.

No podía estar consigo mismo. Inmerso en su propio infierno, Crespo terminó por arrancarse absolutamente todos sus cabellos. Comía poco y dormía gracias a los sedantes, que podrían hacer caer a un caballo y a él lo calmaban por unas pocas horas. No hacía nada, sólo descender un lento camino hacia la locura. Le conté de mis hallazgos y eso profundizó su amargura, pero en grado mínimo. Jamás se puede empeorar nada que haya tocado fondo. Del hombre que me había cautivado quedaba poco y nada. A veces sólo lloraba en silencio, en otras ocasiones gritaba desconsolado, arañaba las paredes hasta arrancarse sangre, se golpeaba, se arrastraba por el suelo, rodaba como si se estuviera prendiendo fuego. Nunca supe exactamente qué sentía: casi no hablaba. Comencé a descuidar mis ensayos por vigilarlo: mi real temor era que se matara. No había antidepresivo que le hiciera efecto, y cuando intenté ingresarlo en una clínica mental, me respondieron que no podían hacerse cargo. 

Eventualmente perdí toda esperanza de lograr algún progreso, y un día de lluvia ya no regresé a verlo. Me fui, la noche anterior, dejándolo dormido en su cama. Tendría que haberlo cuidado. No lo hice. 
No sé si me esperó. No sé siquiera si se percató de mi ausencia. Crespo ya no era de este mundo, ya no era nadie. Estaba consumido por el peso nefasto de miles de millones de humanos, un hueco donde cabía cualquier sentimiento oscuro que la luz podía depurar. 

Me desentendí de él. No que me genere culpa: yo no tenía por qué. Sigo sin tener por qué. Sólo soy la guardiana de una certeza, sólo soy otro ser voluble y frágil, y alguien está soportando por mí aquello que evita que me consuma en la desesperanza. Crespo, tal vez. O algún otro. 

No sé qué fue de su vida. Tal vez se suicidó, salida usual, como en aquél libro que leí. Tal vez sigue allí, encerrado, o, poco probable pero debo considerarlo, tal vez encontró una cura. No volví siquiera a frecuentar la calle en la que vivía. Aún no sé si el departamento sigue ahí. Y quizás, sólo quizás, Crespo nunca existió. No podría asegurarlo. Quizás lo inventé. Pero eso quedará en los pasillos de mi siempre extraña, siempre ajena, mente. 

Cumplo en advertirlo. En El Peso del Mundo, aquella esclarecedora obra de la literatura antigua, yo encontré el camino para entender. Sólo eso, que sin embargo, es vital. Alguien pensó en escribirlo, un desconocido en otra época, y en otro lugar, pensó en mí, o en cualquier persona que se aproximara a uno de aquellos que deben pagar por todos. Hoy yo pienso también, en quienes de aquí en adelante, tengan que sobrellevar un lugar como el mío. No podrán ayudarlos en nada. Sólo deben dejarlos ir. Pues, aunque haya quienes deban soportar el peso del mundo, no es nuestro propósito compartir la carga. 

0 comentarios: