Este cuento tiene ya un buen tiempo. Este parece el momento justo para subirlo.
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Finalmente, todo se reducía a esas paredes color malva, a ese dejo de madera de pino que los rodeaba y les inundaba las fosas nasales con un engaño de naturaleza enlatada. Extraño que el destino se limitara a las decisiones de Mauricio, que estaba acostumbrado a tener el vértigo adentro de su puño cuando estaba en el aire mas qué, en el suelo y ya nunca en soledad las relaciones sociales le daban un vértigo que hay que ver cómo, unos nervios feos nada parecidos a los que estaba acostumbrado a dominar.
Pero Francesca era distinta porque ella no buscaba, no esperaba, sorbía la tacita de café como si fuera la cosa más natural del mundo y lo estuviera haciendo en su cocina o en el balcón de la calle Rivadavia, y esa inocencia pulcra le encajaba a la perfección con los ojos color avellana y el pelo revuelto después de una tormenta de viento que se les cernía encima.


