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Dos Gotas de Agua

Este texto lo escribí para el certamen literario “Lermo Rafael Balbi”, organizado por la Universidad Católica de Santa Fe y el taller literario “San Lucas”, del cual soy parte. Recibí el segundo premio por él y la verdad es que subirlo era mi cuenta pendiente… Así que aquí está. Por cierto, la cita en negritas es de el escritor Ernesto Sábato, figura en torno a la cual se realizara el certamen.
Dos gotas de agua
¿Cómo explicarlo sin que suene metafísico, sin parecer un demente o un fantasioso de ésos que terminan creyéndose sus propias mentiras? Le di muchas vueltas al asunto, y sin embargo…

La cuestión es que Indiro y yo nos parecemos. No en una manera completa, sino en ciertos rasgos. El mismo cabello color azabache, cortado a la manera que llevan todos, muy de moda. Los mismos ojos azules, con la tranquilidad de un mar en calma y con la profundidad del universo. El mismo porte señorial, heredado de los antepasados.
Nuestro parecido físico, comprenderán, hace que nos sea imposible coincidir en cualquier otro aspecto.
Ilustrando brevemente, Indiro es contador de profesión, escritor en sus sueños (literalmente, en sus sueños, porque yo sé que no llegará nunca a nada). Radical, en las aspiraciones y en la política. Yo, que llevo como nombre de pila Dalmacio, soy peronista de cuna, y no entiendo de números. Tampoco de imaginación ni debilidades. Considero que Indiro tiene una mente muy engañosa, inexacta. Un loco, en otras palabras. Un loco, pero no tanto, al punto de que nadie más que yo se da cuenta.
Somos como hermanos. Nos criamos juntos, y de esos años conservamos las rivalidades. Si le preguntan, Indiro lo negará, pero yo sé que es así. Lo conozco, tanto como para imitar cada uno de sus movimientos y expresiones. Aunque en algunas cosas fallaría: Indiro es diestro y yo soy zurdo. Él duerme del lado derecho de la cama, se pone primero el zapato derecho por las mañanas, hasta se lava los dientes como un diestro. Yo, soy todo lo contrario. Las cosas no funcionan si mi lado izquierdo no comienza el día antes que yo. Desde que nos conocemos, levanta la mano derecha cuando me saluda. Yo imito el movimiento con la izquierda, y así es como todo encaja.


Indiro y yo no somos amigos. Podríamos serlo, pero no lo somos. Aunque a veces él habla conmigo, me usa de confidente; pero lo hace sólo cuando no le queda otra opción. Cuando las cosas en el trabajo no van bien, cuando ha caído la bolsa de New York, o si recibe otra negativa ante su insistente solicitud para que alguna editorial publique su libro. En esos momentos me dice que la vida es corta, que los sueños son muchos, que deberíamos vivir cuatro o cinco siglos para hacer todo lo que queremos. Yo no le respondo. ¿Qué puedo decir? ¿Que no hay mal que dure cien años ni hombre que lo soporte? ¿Que los sueños son muchos porque él no sabe de límites? Me llamo a un silencio cortés y seguro. No necesita escuchar de mí lo que su conciencia le dice a gritos.
Después de las crisis, que son pasajeras como cualquier ataque de ira, Indiro vuelve a ser cordial al punto de lo irritante, a encargarse de temas como las flores, el clima y las inestabilidades que anuncian los diarios. Retorna a su inmensa biblioteca, como todo buen bibliófilo, lee algunos ensayos de Alberdi, uno que otro tomo de historia argentina, a veces Sábato, Cortázar, Hemingway…Y llega con sus interrupciones, riéndose de alguna ocurrencia, me lee un párrafo en voz alta bajo esa inútil farsa de querer compartirlo conmigo. Nunca le creo. Yo sé que es una excusa, en realidad está leyendo para sí mismo, logrando memorizar y así entender con más precisión lo intrincado que puede resultar el pensamiento de otro hombre al que no se ha conocido.
De más está mencionar que diferimos hasta en los detalles más superficiales: él siente un placer sumo cuando entra en contacto con la luz del sol, yo soy pura luz artificial, pura interioridad. Yo puedo circunscribirme a las cuatro paredes de mi habitación, él necesita salir, respirar, observar eclipses y lunas llenas, sentir la brisa de la laguna en los labios, el olor de la tierra mojada y empaparse bajo la tormenta más despiadada. Él saborea más el aroma del café que el brebaje mismo. Él, en resumidas cuentas, es un bohemio intolerable.
Pero éste es el día clave en nuestras vidas. Estuve marcando los años en el calendario, esperando que este momento llegara. Hiervo de satisfacción porque, de una vez por todas, se hará justicia.
Hoy, quince de agosto, Indiro cumple cuarenta y dos años; lo que vendría a ser, según su consideración, más o menos la mitad de su vida.
Espero que se levante. Sólo pienso en que, cuando esto pase, el cosmos se alineará, y todo será como debió ser desde el comienzo.
Es una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasa en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a la formación o al derrumbe de un amor.
Suena la alarma, que es para mí la campanada de gloria. Indiro se sienta en su lado derecho de la cama, como siempre. Me siento en el lado izquierdo de mi cama, con una ansiedad que quema la garganta. Indiro se calza el zapato derecho, al tiempo que yo me calzo el izquierdo. Me mira. Lo miro. Nos analizamos mutuamente, como si buscáramos algo diferente, que hubiera pasado desapercibido antes. Algo que nos permitiera separarnos, medir nuestras vidas en otros términos que no fueran los de uno con el otro.
Indiro sonríe. Sonrío yo, casi por inercia.
-Cuarenta y dos pirulos, y estoy hecho un pibe che -me dice. Callo, en el mutismo que me caracteriza.
Indiro, si supieras… Si supieras la cara de consternación que tenés en este segundo…
Doy una vuelta por la habitación, estirando las piernas. Toco, huelo, siento, respiro. Vivo. Paso las manos por los tomos polvorientos de Indiro, por sus muebles. Siento sus ojos en la nuca, y por consideración, me doy vuelta. Está sorprendido, horrorizado. Lo miro con sorna, natural que no entienda nada el pobre.
-Al final, de tan parecidos, terminamos siendo el mismo, Indiro. ¿Viste? ¿Te creías que no existía, que no hablaba, que no pensaba? Pobrecito. Seremos el mismo, pero somos tan diferentes vos y yo… Lo primero que voy a hacer es regalar todos estos libros. Juntan polvo, Indiro, juntan mucho polvo… Ahí adentro hay un cuaderno que te escribí. Todas las explicaciones las vas a encontrar plasmadas en esas páginas. Que lo disfrutes.-
Le guiño un ojo. Ya me voy, a vivir la vida que Indiro me robó.
Ahora yo tengo que ser Indiro, pero a mi manera. Tengo por delante cuarenta y dos años.
Indiro y yo somos tan parecidos como lo pueden ser una persona y su reflejo. Estaba sometido a actuar dentro de ese espejo, como si fuéramos dos gotas de agua. Ahora él es el reflejo.
¿Casualidad que sean las mismas letras las que compongan ambos nombres? Indiro Camalfie, Dalmacio Ferini… Anagramas. Las dos caras de una misma moneda.
Tiene que pagarme por todas esas elecciones que hizo por ambos, las que yo haré en los cuarenta y dos años que me tocan. Por todos esos caminos que yo no pude recorrer.

Betina Alejandra Ferrari
Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales - UNL
Taller Literario “San Lucas”- UCSF

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