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Volver a Mi, En Ella


Escribí este cuento para un concurso, y no lo publiqué antes por miedo a que incurriera en alguna irregularidad. Finalmente, el correo me devolvió el sobre porque después de cinco visitas al destino, nunca se encontró a nadie, lo cual me pone bastante triste, sí, pero el lado positivo es que ya puedo subirlo al blog. Se lo dedico a mi mamá, como todo lo que hago. Gracias a vos vieja, que me diste la vida y te emocionaste con mis cuentos, creíste en mí. Sé que seguirías creyendo en mí.

Volver a Mí, En Ella
Caminaba por las calles atestadas de Buenos Aires, no por nada eran vísperas del día de la Madre. La gente hacía las últimas compras en esa soleada tarde de octubre. Yo, por mi parte, iba tranquilo. Hacía rato que ya no me preocupaba por esos detalles. Mi madre consideraba que el mejor regalo era hacer acto de presencia y devorarme, como todos los años, sus ñoquis caseros. Me senté en un banco de madera maltratado por el tiempo en los bosques de Palermo, y prendí un cigarrillo de ésos que me ayudaban a pensar. Mal y antiguo hábito este.
Me dediqué a observar los rostros de los transeúntes, siempre teniendo en la cabeza aquella vieja esperanza de que algún día llegaría a adivinar sus pensamientos. Totalmente ensimismado en la tarea que me ocupaba cada tarde de soledad, no noté en qué preciso momento comenzó el cambio.
Cuando por fin conseguí una jaqueca y ninguna voz o indicio acerca de lo que acontecía en las mentes de aquellas personas, supe que algo estaba raro. ¿O sería que yo me había confundido de lugar? Había conocido muchas ciudades importantes en el mundo, pero estaba seguro de poder distinguir las diferencias, al menos las elementales, entre todas ellas. ¿Cómo había tomado el camino hacia los bosques de Palermo para terminar en el Jardín de las Tullerías? Parecía un delirio, pero el emblemático parque parisino se extendía frente a mis ojos como si hubiera estado en plena Capital Federal desde siempre. Por supuesto, me asusté y lo primero que pensé fue que, finalmente, me había quedado dormido y estaba soñando, ya que la gente continuaba paseando como si nada ocurriera, como si no percibieran el cambio. Incluso peor, como si no hubiera cambio alguno, lo que me perturbaba en grado sumo.


Intentando huir, sin saber bien si de mis visiones o de mí mismo, me tomé el primer colectivo que llegó. Me quedé un poco más tranquilo cuando pude distinguir lugares típicos de mi ciudad, y ya respiré con normalidad cuando enfiló mecánicamente por la 9 de Julio. Me dediqué a observar el paisaje citadino que desfilaba a través de la ventanilla, decidido a considerar que mi visión desconcertante había sido producto del cansancio combinado con una imaginación excesivamente productiva.
Cuando ya me había calmado, dando por obvio que fuera un episodio aislado, me percaté de que el exterior estaba distinto. Cerré los ojos para no ver lo que estaba ahí, pero la 9 de Julio había desaparecido, y en su lugar Campos Elíseos desplegaba todo su esplendor casi como una burla a mi escepticismo. Mi siguiente parada era, sin duda, el psiquiátrico. Lástima, iba a extrañar mi libertad, yo que me creía un bohemio simpático.
Totalmente convencido de aceptar mi destino, emprendí el que sería mi último paseo por la ciudad de mis amores, que lentamente se convertía a mis ojos en la mismísima París, escenario que Cortázar y Hemingway eligieron para sus trazas mágicas y envolventes. Admiré la imponencia del Obelisco por unos minutos, hasta que finalmente su blancura se tornó hierro y se convirtió en la Torre Eiffel. El Río de la Plata, que dio color a la corona de reinado de mi amada Buenos Aires, se fue desvaneciendo de a poco para darle lugar a las mundialmente conocidas aguas del Sena, con sus poetas suicidas y sus artistas de atardeceres. En el momento consideré que estaban fuera de lugar. Nada iba a sacarme de la cabeza que Buenos Aires no estaba mejor siendo París, así como yo no era más feliz habiendo sucedido la transformación ante mis ojos, menos aún siendo yo el artífice de aquella defenestración del orgullo nacional.
Aterricé de pasada en el Museo de Bellas Artes, tan plagado de genialidad y secretos. Me extasié, como tantas veces antes, con las obras de Rodin y de Rembrandt, que a mi paso daban lugar a La Gioconda y La Virgen de las Rocas. No perdí tiempo en admirar a estas últimas, el mundo se iba a quedar así para siempre, al menos para mí. No me consideraba un afortunado por eso.
El Teatro Colón se mostró glorioso ante mis ojos, ya cansados de tanto observar y retener, en un ruego casi mudo por conservar su lugar. Le di a entender con la mirada que eso no estaba en mis manos, si pudiera evitarlo yo… Le pude decir adiós antes de que el Théâtre du Châtelet lo desplazara para siempre.
De esta manera vi despedirse a la Estación Plaza Constitución, al momento en que la Estación Saint–Lazare le robó esplendor con su inmensidad. Había pasado horas de mi vida esperando el futuro dentro de aquellos muros. Horas que Saint–Lazare me robaba, para no devolvérmelas jamás.
Contemplé abatido cómo se difuminaba el Cabildo, oda al triunfo de nuestra libertad y nuestra patria, reemplazado dolorosamente por el Arco del Triunfo, que proclamaba una victoria muy distinta a la nuestra. Sus estatuas me hicieron burla, por ser un loco que había perdido en sus propias manos el hogar.
Desaparecieron mis dioses y mi infancia, el éxtasis de escuchar una misa en semejante estructura, mis creencias y mis oraciones; se los tragó el vacío que dejó la Catedral Metropolitana, con sus columnas de marcado estilo romano que habían funcionado como escenario para mis aventuras infantiles, aquellos domingos en que mi madre viajaba horas conmigo sólo para inculcarme la fe y la piedad que se respiraban en esa zona sagrada. Todo el ritual de aquel tiempo quedó obsoleto al ceder dicho espacio a Notre Dame, gótica por excelencia, ajena y fría a mis recuerdos de un pasado inocente.
Una vez desaparecidos los gorriones y los horneros, cuando ya no escuché ningún tango con el marcado bandoneón dando vueltas en el aire, y ya no podía sentir el olor a tortas fritas, supe que tenía que retornar al único lugar que podía ofrecerme la tan añorada cotidianeidad. Estaba seguro de que París, entre todas sus musas, no contaba con alguien como ella. Supe que, si iba a terminar mis días en un chaleco de fuerza, al menos debía compartir un mediodía más a su lado. Para volver un poco a mí mismo, tenía que escuchar su risa.
No había manera de encontrarla diferente, porque no había en el mundo algo que pudiera asemejarse al poder de sus palabras y la candidez de sus abrazos.
Me tomé un taxi, y le pedí que me llevara a Belgrano. Me bajé en la casa de mi madre, que en ese momento barría la vereda mientras silbaba una melodía de su juventud. Sus ojos se iluminaron al verme bajar, y se apresuró a abrazarme.
-Chiquito, ¡qué alegría! ¡Qué extraño verte por acá! -exclamó visiblemente sorprendida.
-Así es vieja, como vos decías, mi mente de escritor frustrado terminó comiéndome la cordura -expliqué con pesar.
-Quedate tranquilo nene, amaso unos tallarines y después vemos cómo lo solucionamos.
Por suerte mamá era la misma, y seguía creyendo en mí como siempre. Por suerte Belgrano y el ficus de la puerta de casa todavía no habían cambiado. Por suerte los recuerdos de mi infancia y juventud estaban intactos en aquel refugio, aunque París se hubiera comido todas las referencias de nación que guardaba en mi mente.

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