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De Lamparas y Amaneceres

[Este es otro texto que escribí para el taller. No podía dejar de subirlo]


De Lámparas y Amaneceres

En el quinto piso de un imponente edificio de apartamentos un estudiante frota sus ojos agotados. El reloj electrónico marca ya las seis de la mañana. La taza de café debajo de la lámpara de noche se había enfriado durante su último intento de entender a Guibourg y las teorías acerca de la lógica formal. Suma otro fracaso, ya le es imposible asimilar contenidos que le resultan extraños, de autores enredados en sus propias cabezas repletas de teorías, en sus verdades, en sus fórmulas y proposiciones. No le queda más que seguir adelante, corriendo contra reloj, intentando salvar en cuestión de horas toda la situación.

A varias calles de allí, un lector desvelado se ha hecho adicto a leer la obra que le ocupa. No puede dejarla a la mitad, necesita desesperadamente llegar al final. Se ha internado en ese universo de ficción, haciendo de la historia del protagonista su propia fábula. Ahora ve a través de sus ojos, oye a través de sus oídos, razona a medida que él razona y siente en carne propia la turbulenta relación que involucra a los dos amantes inmortalizados en cuchilladas de tinta. No hay nada en el mundo real ni en el mundo de los sueños que le interese, nada puede hacer para llamar su atención algún ser ajeno a la trama. Su existencia se reduce a la luz de su lámpara, al sillón que es su nave hacia otro lugar, y ese libro que le da un poco de sentido a su vida esta noche.

En la casa de enfrente, una muchacha está recostada en su cama, mirando fijamente a la luz del bombillo de su lámpara, pensando que de tanto insomnio, esta de repente va a comenzar a hablarle. Y si hay un momento adecuado para que un bombillo pronuncie palabra (si es que de verdad EXISTE un instante ideal para llevarse tal sobresalto) ese momento sería ahora. Se ha pasado toda la noche en vela. El día anterior le comunicaron que está embarazada, y no tiene la menor idea de cómo encarar la situación, ni de qué va a hacer con su vida. Necesita desesperadamente del consejo de alguien que no la juzgue, y si ese consejo viniera de un bombillo… sería muy conveniente, aunque desconcertante de cualquier manera.

Justo en la manzana siguiente, una jovencita mira al reloj de la mesita de noche. Su lámpara es la única luz prendida en toda la casa. Hace seis horas que está frente a la computadora, hablando de la vida con su hermano. Es la única manera que tiene de verlo, desde que hace tres años él se fue a Australia persiguiendo un sueño delirante convertido en una profesión apasionante. Por esa lejanía, lo encuentra sólo cuando en Buenos Aires es de noche, con 14 horas que separan el día de cada uno. Y de verdad necesita escucharlo, necesita verlo aunque sólo sea en una pantalla. Su vida se ha convertido en un caos y él es el único que la entiende de verdad. La distancia le duele, lo extraña casi tanto como a su mamá, fallecida hace seis meses. Sus sobrinas crecen y ella no puede estar ahí. Se está quedando sola… las 14 horas se hacen un abismo cada vez más difícil de quebrantar.

El amanecer llega para todos en la provincia de Buenos Aires. El estudiante frustrado apaga su lámpara, fiel compañera de textos eternos, y ve como el cielo se va tiñendo de un suave rosa, a medida que las nubes solitarias que manchan el cielo se vuelven más claras y menos nostálgicas. Quizás no sea tan difícil volver a empezar con la tarea que le concierne luego de unas horas de distracción, después de todo, ya ha pasado por esto antes. Cada examen es una barrera, pero él está entrenado para superarlas.

El mismo paisaje observa el lector nocturno, consternado con un giro inesperado de su historia, hasta que nota que ya es hora de ir a trabajar, y no ha podido llegar al final. Apaga la lámpara, desilusionado. ¿Cómo reintegrarse a la realidad donde no hay nada impresionante, imprevisible y totalmente fuera de la rutina? Ausentarse del mundo propio no es una estrategia que dure mucho tiempo si se quiere recuperar la cordura.

La muchacha recibe las primeras luces que entran por su ventana en el vientre, y de repente todo se ha vuelto claro. Apaga la lámpara, pero no se queda en penumbras. Va a apostar por la vida, por la suya y por la de su futuro hijo. Nada puede arruinarle la existencia, sólo cambiarla y hacerla crecer. De los errores siempre se aprende, y su primera lección es que de una pena se puede hacer una felicidad, y ante la indecisión sólo hace falta un poco de valentía para descubrir el camino correcto.

La noche sorprende al hermano mientras el amanecer sorprende a la joven. Tienen que despedirse, él le pide que tenga tranquilidad. Ella se deja convencer una vez más. Apaga la lámpara y se va a dormir esperanzada de que el día que comienza le traiga las respuestas salvadoras que necesita.

Algunos se despiertan al amanecer, otros eligen seguir durmiendo. Los hay quienes nunca terminaron el día anterior, y los hay quienes van a perderse en los caminos infinitos y fantásticos de los sueños cuando tendrían que estar abriendo los ojos al día por nacer.

El nuevo día, esta especie de comienzo diario, trae a todos cosas diferentes. Esperanza, desilusión, claridad, posibilidades. Ganas renovadas de vivir la vida. Cuando las lámparas se apagan y el amanecer se deja ver, la ciudad comienza a funcionar y algunos ciudadanos esperan funcionar con ella, otros desearán ir contra la corriente. Pero todo se trata de lámparas y amaneceres, de persistencias y sueños, de dejar que el día terminado se pierda en el pasado, y ser capaz de poner en un nuevo día todas las expectativas.


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