Pages

Volver a Mi, En Ella


Escribí este cuento para un concurso, y no lo publiqué antes por miedo a que incurriera en alguna irregularidad. Finalmente, el correo me devolvió el sobre porque después de cinco visitas al destino, nunca se encontró a nadie, lo cual me pone bastante triste, sí, pero el lado positivo es que ya puedo subirlo al blog. Se lo dedico a mi mamá, como todo lo que hago. Gracias a vos vieja, que me diste la vida y te emocionaste con mis cuentos, creíste en mí. Sé que seguirías creyendo en mí.

Volver a Mí, En Ella
Caminaba por las calles atestadas de Buenos Aires, no por nada eran vísperas del día de la Madre. La gente hacía las últimas compras en esa soleada tarde de octubre. Yo, por mi parte, iba tranquilo. Hacía rato que ya no me preocupaba por esos detalles. Mi madre consideraba que el mejor regalo era hacer acto de presencia y devorarme, como todos los años, sus ñoquis caseros. Me senté en un banco de madera maltratado por el tiempo en los bosques de Palermo, y prendí un cigarrillo de ésos que me ayudaban a pensar. Mal y antiguo hábito este.
Me dediqué a observar los rostros de los transeúntes, siempre teniendo en la cabeza aquella vieja esperanza de que algún día llegaría a adivinar sus pensamientos. Totalmente ensimismado en la tarea que me ocupaba cada tarde de soledad, no noté en qué preciso momento comenzó el cambio.
Cuando por fin conseguí una jaqueca y ninguna voz o indicio acerca de lo que acontecía en las mentes de aquellas personas, supe que algo estaba raro. ¿O sería que yo me había confundido de lugar? Había conocido muchas ciudades importantes en el mundo, pero estaba seguro de poder distinguir las diferencias, al menos las elementales, entre todas ellas. ¿Cómo había tomado el camino hacia los bosques de Palermo para terminar en el Jardín de las Tullerías? Parecía un delirio, pero el emblemático parque parisino se extendía frente a mis ojos como si hubiera estado en plena Capital Federal desde siempre. Por supuesto, me asusté y lo primero que pensé fue que, finalmente, me había quedado dormido y estaba soñando, ya que la gente continuaba paseando como si nada ocurriera, como si no percibieran el cambio. Incluso peor, como si no hubiera cambio alguno, lo que me perturbaba en grado sumo.

Relato Con Un Fondo de Agua - Julio Cortázar (Final del Juego - 1956)

Consideré algo bueno subir este cuento de un genio como es Cortázar. Digo es, y lo digo convencida, porque creo que las grandes mentes no mueren. Son inmortales. Conozco a Cortázar porque de alguna manera, me habla a través de sus narraciones. Es algo que se siente, que se vive. Gracias Julio, por hacer de esto un placer y un arte. Elijo este cuento, porque a la hora de quedarme con las frases que más me tocaron, no pude decidirme. Porque la forma en que está escrito hace que sea difícil ignorar esas ansias de querer compartirlo. Y sinceramente, porque guardarlo en este blog es la mejor manera que tengo para no olvidarlo.
No te preocupes, disculpame este gesto de impaciencia. Era perfectamente natural que nombraras a Lucio, que te acordaras de él a la hora de las nostalgias, cuando uno se deja corromper por esas ausencias que llamamos recuerdos y hay que remendar con palabras y con imágenes tanto hueco insaciable. Además no sé, te habrás fijado que este bungalow invita, basta que uno se instale en la veranda y mire un rato hacia el río y los naranjales, de golpe se está increíblemente lejos de Buenos Aires, perdido en un mundo elemental. Me acuerdo de Láinez cuando nos decía que el Delta hubiera tenido que llamarse el Alfa. Y esa otra vez en la clase de matemáticas, cuando vos... ¿Pero por qué nombraste a Lucio, era necesario que dijeras: Lucio?

Esperé por Ti, Poetisa


Suiza, 29 de abril de 2010

A mis fieles lectores:

Esta carta va dirigida a ustedes, en este momento de claridad que domina mi mente. Espero sinceramente que no sea éste el último testimonio de mi cordura, pero puede ella ausentarse para siempre, o puedo ausentarme yo, ya sea de la realidad o de la vida. No quería desaprovechar la oportunidad de confesar mis pecados, aciertos y deudas.

Este camino comenzó verdaderamente cuando era sólo una jovencita, me juré a mí misma que llegaría lo más lejos que una mujer lo hiciera jamás. Nada me importaba si tenía el poder de mis palabras. Tenía mi esencia, mi inmejorable imaginación, tanto impulso creador… Reunía todas las condiciones para convertirme en la frenética soñadora que desplegaría sus alas al fin para mostrarle al mundo quién era. Sin que sea mi deseo pecar de egocéntrica, podía volar y alcanzar mis sueños, sin otra cosa que una pluma y un papel. Era una bohemia carente de humildad según mis críticos. Por mi parte, no tenía ganas de pensarme en los límites de mi propia existencia, ni en sus cánones poco precisos; desde el principio tuve la certeza de que iría más allá. Bella, interesantemente ocurrente y original, había transitado los terrenos de la prueba y el error hasta dar con mi propio estilo, uno despojado y sutil, pero a la vez cargado de significados ocultos, de metáforas y estrategias que me convertirían en la mejor. Mi deseo máximo era ser inmortal, existir en mis palabras, perpetuarme en los sentimientos. Yo sabía que, tarde o temprano, sería una poetisa.

Hoy, enterrada en este cuarto, no me resigno a simples memorias, necesito seguir viviendo aventuras y soñando con fantasmas literarios e inspiraciones ambulantes que se daban cita antiguamente en mis días monótonos, para tornarlos mágicos. Me gustaría saborear, aunque sólo sea una vez más, ese frenesí que sentía ante una hoja en blanco. Pero esta maldita enfermedad que me carcome el pulso, el pasado y a veces hasta el sentido de la realidad no me deja brillar, ni retomar mi pasión.

No considero mi presente un fracaso. Sólo es ese ángel negro y cruel que me está pasando la factura por mis años dorados. La dama implacable que me reclama, habiéndome dejado toda una vida de ventaja, mientras me observaba sumida en las sombras a la espera de este momento.

Una promesa me queda por cumplir, un juramento que acordé conmigo misma y con él. Volver. Nunca dejé de pensar en que debía volver. Había elegido marchar, abandonar Mar del Plata en los ochenta, porque prefería privilegiar mi voz antes que desaparecer, por resistirme a la censura y por un poco de rebeldía también. Por luchar. Abandonando aquellos ojos turquesas que tanto me encandilaban. Olvidándome de las presiones y formalidades a las que me habían sometido. Volé libre como el viento.

Cuando todo terminó, me prometí que no faltaba demasiado para mi retorno triunfal. Pero el tiempo se acabó pronto. De hecho, siempre viví pensando que éste, inclemente y fugaz, no existía realmente. Me creía tan magnífica, pensaba que podía burlarlo... Resulté ser sólo una ingenua entregada como otra cualquiera, como si no contara con las virtudes por las que recibía los elogios más atentos. La vida está escurriéndose entre mis dedos como la arena seca de aquella playa en donde pronuncié la promesa fallida. Como solía decir mamá, cuando es el momento ya no hay plazos postergables… simplemente hay un último suspiro, sin derecho a réplicas.

Él tampoco me buscó, demostrándome que no hay personas incondicionales y que no hay nadie irremplazable. No dejo un hueco imposible de llenar, por no haberme sabido merecer un amor a prueba de abismos, lo reconozco. Mis libros y esta carta, quizás lo más importante que puedo dejarles, serán el único testimonio de mi existencia, además de una caja de fotos en un nostálgico tono sepia. Todo parece tener ahora un valor nulo. Las vanidades cosechadas, los egoísmos y las pretensiones se vuelven obsoletos cuando el desenlace se vislumbra tan evidente que casi se respira en el aire, haciendo del aliento una nube de humo.

¿Pero saben? La vida no se me escapa… yo la resigno, al enfrentar sin entregarme a esa mujer que me está esperando desde hace setenta años en la oscuridad, vigilando mis pasos y murmurando una y otra vez: “Yo espero por ti, poetisa”.

Él está aquí, puedo verlo. Las canas han ganado su rubio cabello, que se agita en La Perla, azotado por los vientos de esta tarde lluviosa. Su mente no ha olvidado, sus ojos turquesas me buscan desde hace treinta años. Ahora podemos olvidarnos de nuestro adiós, de las excusas, de esa última mirada y de mi eterna búsqueda de libertad. Sólo quedan el mar y aquella sonrisa inolvidable en el momento en que incluso yo comenzaba a sentir algo parecido al amor.

Rió al recordarme con actitud diáfana y rebelde… Supe que nunca me había olvidado.

Yo había prometido volver. Él seguía, hasta el día de hoy, acorralado por mi promesa. Al volver lo estaba liberando. Aquí lo encuentro. En la misma playa, con las expectativas intactas, me repite hasta el cansancio: “Yo esperé por ti, poetisa. Yo siempre esperé por ti.”

Tenía que decírselo, fieles discípulos. Los tendré siempre en mi corazón, pero he vuelto a una escena de mi vida que quedó pendiente. Cumplí mi promesa. Por fin soy protagonista de una felicidad que no es ficticia, que es completamente mía.

Siempre suya.

Zuli Alcira