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Venganzas Malogradas


[Este texto lo escribí para mi taller literario =) Ojala les guste]

Venganzas malogradas

Sería inútil comenzar a hablar del significado de mi nombre. Porque no parecehaberme determinado siquiera en un aspecto mínimo de mi personalidad. No me fue asignado con la esperanza de generar una cualidad en mí, sino por algo que, en mi creencia, tiene un poco más que ver con una venganza personal. Fue casi deliberado, señoras y señores, apuesto a que estuvo premeditado incluso y, como dirían en términos jurídicos, agravado por vínculo de quien ejecutara dicho plan. Me refiero a la mayor rival natural que nos da la vida, quien empleó una movida táctica formidable debo reconocer. Mi hermana mayor. Ella fue la encargada de elegirme el primer nombre, y yo creo que sabía perfectamente lo que me hacía. (porque no puedo hacer más que tomármelo personal). No es que yo sea paranoica (por favor, no se les ocurra pensarlo), pero creo que se comprometió seriamente mi futuro y mi salud mental ese día de 1992 en que se decidió que cargaría con semejante etiqueta, tan cerca de la extinción que resulta una ironía que la operación de resucitarla fuera llevada a cabo justamente conmigo.

Así es que, hermanas mayores rencorosas de todo el mundo, deberían saber que alguien desarrolló el crimen perfecto superándolas a todas al tomar unas represalias que resultan imperceptibles: castigarme con un nombre que, de tan feo, es un peso directo en mi D.N.I. Porque verdaderamente semejante sustantivo propio no puede traer buenas intenciones, y resulta hasta cruel condenar a un bebé a un rótulodirectamente importado desde hace tres siglos atrás.

Sin embargo (y muy a mi pesar), debo reconocer que éste engloba algunos aspectos positivos.

Uno de ellos es que jamás, en toda mi vida, me tocó compartir un espacio físico con persona alguna que se llamara igual que yo. Realmente podría ser una experiencia interesante, al caso de compartir anécdotas, expresarnos mutuamente alguna especie de apoyo moral -sobre todo por las penurias sufridas durante aquella época cuando la novela “Betty la Fea” era tan popular, malos tiempos para llamarse como yo, de los cuales mis hermanos todavía guardan gratos recuerdos y no me van a permitir olvidarme-; y tal vez, de una vez por todas, se acordara un sobrenombre que nossatisfaga -porque lo he intentado todo, pero lamentablemente, ningún apodo que he propuesto ha logrado más adeptos en la sociedad que la forma acortada del nombre (Beti), al que me niego rotundamente desde que me imaginé a mí misma como la “tía Beti”, y casi me da una embolia. Aun así, no conocer a ninguna Betina me hace sentir de alguna manera única en mi especie. Sé que existen otras, pero no las conozco por lo cual, simplemente, parecen no estar ahí.

Otro aspecto, que en mi opinión es fundamental para retenerme y evitar que vaya corriendo al registro civil para cambiarme el nombre, es el hecho constatable de que no tengo día onomástico, ni el nombre de un ser relevante para la historia, ni siquiera de algún personaje bonachón que haya generado simpatías en sus épocas de gloria. Eso es lo interesante: no hay parámetros. No hay un camino pactado, alguien a quien tenga que superar o un ejemplo de referencia. No hay pasado, nadie puede decirme que podría ser como cualquier X que lleve mi nombre. Se presenta como una hoja en blanco donde yo trazo mis líneas. La originalidad de mis acciones será, finalmente, lo que me determine. No mi nombre, ni su origen. Me gusta pensar que, de alguna manera, yo voy a definirlo a él, no él a mí.

Puede que, al final, pase como tantas otras Betinas obsoletas de las que ni noticias se tiene. Sí, ésa es una opción más que probable. Pero… ¿quién sabe? Quizás el día de mañana alguien termine condenando a su hija a este nombre gracias a mí (o por mi culpa, en todo caso).

Betina Alejandra Ferrari